FLORECIENDO CON LA CALMA

POR ANTÓN PÉREZ | FOTOS: SALVADOR FEO

Cada primavera, en los melojares y fresnedas de la Sierra, como en tantos otros bosques caducifolios a lo largo y ancho del mundo, las plantas de pequeño porte ven cómo su carrera anual por florecer y reproducirse se vuelve una contrarreloj: deben esperar a que las condiciones climáticas sean lo suficientemente benignas como para que haya insectos activos y no temer a las heladas, y al mismo tiempo tienen que haber terminado para cuando rebroten las hojas de los árboles que tienen encima, que las dejarán sin luz y ocultas a los polinizadores. De ahí que, en el espacio de breves semanas, los bosques se llenen de flores que asoman entre a hojarasca y queden desnudos al rato. Sin embargo, estas alfombras floridas son obra de las velocistas, pues hay otras pocas especies que optan por la carrera de fondo: por emplear tiempo en crecer bastante y producir flores grandes y vistosas, para hacerse notar. Y en eso de hacerse notar las flores que nos ocupan en este artículo, las peonías Paeonia spp., son unas expertas, pues no solo producen las flores simples más grandes de la flora ibérica (con permiso de los nenúfares), sino que además estas son muy fragantes.

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Dos son las especies de peonía de la Comunidad de Madrid, las dos bastante parecidas en aspecto y ciclo vital. Ambas viven en sotobosques relativamente frescos de toda la España mediterránea, pero si bien la distribución de P. broteri (la especie más abundante a escala local) se restringe a la Península, P. officinalis ocupa también el resto del suroeste europeo. En ambas especies, a partir de un tubérculo subterráneo que almacena nutrientes de año en año se desarrolla en primavera una mata arbustiva herbácea que puede llegar al metro de altura. Las hojas, grandes, se dividen normalmente en tres dos veces, y los nueve foliolos resultantes son de borde serrado. Coronando los tallos aparecen principalmente en mayo grandes flores solitarias, perfumadas, de 6-8 pétalos entre rosa pálido y magenta y profusión de estambres amarillos. Esta es la mejor época para distinguir ambas especies: las piezas femeninas de las flores de P. broteri poseen una pilosidad de la que carecen las de la P. officinalis, cuyas hojas, en cambio, además de poseer divisiones más marcadas, presentan en el envés una pilosidad ausente en la otra especie. Si el año se da bien y las flores son polinizadas, a lo largo del verano irán engordando 2-5 frutos secos por flor que se asemejan a pequeñas vainas de judía y que se abren a finales de otoño recurvándose hacia atrás y dejando a la vista una hilera de semillas globosas, rojizas primero y negro-azuladas al madurar del todo.

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Unas flores tan vistosas como las peonías no podían sino ser bien conocidas por las gentes del campo, y por consiguiente tienen multitud de nombres vernáculos, que suelen hacer referencia a su aspecto similar al de las rosas silvestres (rosas de mayo, rosas de monte, rosas de la Virgen…). El nombre culto de “peonía”, derivado del nombre genérico, lo reciben de Peón, dios griego médico de los otros dioses, y nos habla también (junto con el epíteto “officinalis” = “de las farmacias” de una de las dos especies) de que estas plantas presentan propiedades farmacológicas conocidas desde antiguo. En efecto, diversos compuestos de las peonías son de uso analgésico y antiinflamatorio, pero la planta en sí es considerada venenosa, en especial sus semillas, y no se puede utilizar directamente; otros nombres vernáculos como “rosa maldita” o “matagallinas” apuntan al carácter tóxico de la especie.

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Sin embargo, si por algo son conocidas las peonías, y no le resultará extraño al que se cruce con sus lozanas matas dando un paseo por la Sierra, es como plantas de jardín: se cultivan varias especies e híbridos de las mismas, provenientes sobre todo de Asia, donde son muy apreciadas ya desde antes de Cristo; las flores de peonía son de hecho un motivo pictórico muy frecuente en las artes decorativas de China y Japón. Y como a más de uno puede de hecho que le entre la tentación de echar mano de nuestras peonías locales para colocar en un jarrón en casa, nunca sobra recordar que, dejándolas estar en el monte, las disfrutamos todos. 


Fotos: Salvador Feo