LA GINETA. Una sombra entre las ramas

POR ANTÓN PÉREZ | FOTOS: PABLO SERRANO

Los días cortos y plomizos del invierno, en los que incluso los pocos ruidos que hay en el monte (las hojas que caen y se revuelven con el aire, los trinos de pájaros que no tienen tiempo para entretenerse en cantar...) refuerzan la sensación de que todo está en silencio y en suspenso; parecen especialmente propicios para las apariciones fantasmagóricas. Y es en estos días, que más que días son noches algo claras, cuando con suerte podremos ver fuera de su cubículo un pequeño carnívoro que es apenas una sombra sigilosa más: la gineta.

La gineta (o jineta; Genetta genetta) tiene poco que ver con el resto de los mamíferos carnívoros españoles: es el único vivérrido peninsular; una familia que se desgajó hace mucho del tronco de la vida que conducía a los felinos, a los que sin embargo recuerdan. Del tamaño de un gato, las formas alargadas y el pelo espeso de la cola de la gineta, recuerdan un tanto a un zorro. El pelaje, gris claro moteado de negro, le ayuda a camuflarse en el claroscuro de las zonas arboladas. Las uñas retráctiles y la gran agilidad del animal nos hablan de que es eminentemente trepador, y sus pupilas verticales de que se mueve sobre todo de noche.

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Las ginetas están acostumbradas a desplazarse en tres dimensiones: pueden vivir en zonas donde los escarpes rocosos suplan la poca vegetación, pero se las encuentra sobre todo en áreas boscosas, donde durante el día buscan refugio en huecos de troncos, entre las raíces de los árboles o en el corazón de una mata espinosa. Al caer la luz, se activan y comienzan a recorrer buscando ali- mento las ramas y recovecos de sus territorios, cuyos bordes mantienen netamente definidos con marcas olorosas. Aunque eminentemente depredadoras, las ginetas son de dieta muy caótica, y aprovechan lo que sea que abunde más en cada época del año. Así, y aunque pequeños mamíferos como ratones o lirones forman la base de su dieta, esta incluye además muchos polluelos en primavera, insectos en verano o mucha fruta en otoño. Los restos de esta alimentación tan variada suelen hacerse evidentes al examinar sus excrementos, que suelen depositar siempre en los mismos lugares formando letrinas que, junto con las pequeñas huellas de aspecto gatuno que puedan dejar en el suelo blando, suelen ser los únicos rastros visibles de estos discretos animales.

Cada año al acercarse el final del invierno, los límites de los territorios de las ginetas se tornan más permeables, y los machos visitan los de las hembras más cercanas. Transcurridos dos meses y medio tras las cópulas, las hembras parirán unas tres o cuatro crías en refugios bien forrados de pelo; crías que comenzarán a aventurarse en el mundo exterior junto a sus madres antes de cumplir dos meses. Llegado el invierno estarán ya listas para emprender vidas separadas, y alcanzar hasta diez años de edad, si el hombre o el hambre (la propia, y la de aves rapaces o zorros) no se cruzan en su camino.

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Si las ginetas son los únicos vivérridos europeos (viven, además de por toda la Península, en la mitad sur de Francia; y además en todo el continente africano) no es por voluntad propia, sino porque llegaron aquí de la mano del hombre en tiempos pretéritos: genéticamente se distinguen en las ginetas europeas varias introducciones históricas, algunas antiguas, achacables al comercio de fenicios y otros pueblos, y otras más recientes, de la época de las invasiones árabes. Los pueblos norteafricanos mantenían ginetas como animales semidomésticos para que, al estilo de los gatos, mantuviesen barcos y despensas libres de roedores. El gato, también domesticado en África, la sustituyó más tarde en estos menesteres por ser más tolerante al contacto humano y no desprender un olor tan fuerte. Las ginetas viven por toda España, salvo en las zonas más abiertas y en las localidades situadas a mayor altura, pues gustan de los climas más bien cálidos. Aunque no son escasas ni mucho menos, desgraciadamente, la mayor parte de los encuentros entre humanos y ginetas se dan en las carreteras, y con desenlace fatal. Estos días en que amanece tarde y anochece pronto aumentan las posibilidades de cruzarse con estas fascinantes criaturas; razón de más para andar con los ojos bien abiertos, atentos a los fantasmas que se mueven en las sombras.

Para saber más:

www.vertebradosibericos.org/mamiferos/gengen.html

Fotos: Pablo Serrano